Cuando el fuego te quema la vida

Tamara Crespo/ Fidel Raso

El mayor incendio sufrido en Castilla y León, en la zamorana sierra de la Culebra, ha dejado a su paso un rastro de ceniza de más de 30.000 hectáreas, 300 kilómetros cuadrados de devastación. «Ha sido brutal», resume Joseba Revidiego, jefe de la Agrupación de Protección Civil de Toro, una de las cinco de la provincia, todas movilizadas en el operativo «más largo» de su vida profesional. Han sido cinco días sin descanso, con momentos «muy duros», atendiendo sobre todo a personas mayores, parejas de ancianos o gente cuyos hijos «están fuera», apunta, y que vive sola en los pueblos afectados. Hubo que evacuar 16 localidades. «Muchos no tienen los medios de comunicación modernos, ni WhatsApp ni nada, en algunos casos, solo teléfono fijo, y estaban tan nerviosos que no recordaban los números de sus familiares para poder hablar con ellos». «Salieron de sus casas en cinco minutos y con lo puesto, sin medicación, sin ropa, ha habido que proporcionarles de todo y hemos tenido que hacer de psicólogos», explica. Algunos lo han perdido todo, cultivos, huertas y animales, cabras, vacas, gallinas…, han ardido muchas colmenas, «y para ellos el ganado es como su familia». «Había mucha tensión, y poca información, porque solo los compañeros de los medios aéreos veían hasta dónde llegaba el fuego».
El punto cero estuvo, según la versión oficial sobre la causa del incendio, en los rayos de una de las tormentas que se produjeron el miércoles 15, en medio de una de las olas de calor más tempranas de las que se tienen registros, según alertaba la Agencia Nacional de Meteorología. Veníamos además del mes de mayo más cálido de este siglo y el segundo más caluroso de la serie que comenzó en 1961. También ha sido extremadamente seco: el segundo mes de mayo más seco desde hace 60 años. En Villardeciervos, a los pies de la sierra, el termómetro marcaba ese día 35,8 ºC.

«España vaciada y ahora, calcinada»

Y mientras el verano climatológico se adelanta y aumentan las olas de calor y la sequía, la administración autonómica, tal como se ha denunciado después de este incendio por parte, entre otros, del PSOE o Greenpeace, sigue manteniendo el inicio de la campaña de prevención de incendios el 1 de julio. En 2018, el hoy consejero de Medio Ambiente y entonces, de Fomento, Juan Carlos Suárez-Quiñones, afirmó en una entrevista en El Diario de Valladolid que mantener el operativo de incendios todo el año era «absurdo y un despilfarro». Unas declaraciones que, tras el desastre, se reproducen una y otra vez en los medios de comunicación y las redes sociales. Los bomberos forestales de Castilla y León han anunciado una concentración para reclamar un dispositivo permanente.

Mónica Parrilla, responsable de campañas del Área de Biodiversidad de Greenpeace España e ingeniera forestal, afirma en su blog de la organización que este incendio quedará en las estadísticas como de origen natural, «pero que caiga un rayo y genere un incendio de esta magnitud es una negligencia con mayúsculas». «Este titular: “España vaciada y ahora, España calcinada” resume muy bien la realidad de nuestros montes. Ahora Mañueco [presidente de la Junta] habla de un plan para recuperar la zona del incendio…, y a mí, como castellana y con familiares de Figueruela, me da rabia e impotencia. Porque es negligente no tener el operativo, no hacer labores preventivas, porque se veía venir, porque hay tristes experiencias de las que aprender, pero no hay voluntad. ¡inviertan en nuestros montes, dinamicen el medio rural, generen comunidades resilientes, inviertan en personal de extinción contratado de forma fija y digna! No sé usted, Juan Carlos Suárez-Quiñones, pero esto sí que es absurdo y no un despilfarro sino un auténtico drama, que usted no quiere ver porque le consta que no hay daños en casas habitadas. Perpleja.», concluye Parrilla.
Y entre la falta de prevención y las consecuencias del cambio climático, están las víctimas, no solo las personas más directamente afectadas, sino la naturaleza, el patrimonio natural de una sierra cuyo principal tesoro es, entre otros, el lobo ibérico, un recurso también económico, pues atrae a la sierra de la Culebra a naturalistas y turistas de toda España y extranjeros.

Aves que caían en vuelo

El relato de Joseba Revidiego, testigo directo del desastre, es escalofriante: «Ha habido cientos, miles de árboles calcinados, hemos visto incluso aves caer volando, no sabemos si por el calor o por la toxicidad del humo…, pero iban volando y caían a metros de ti. Había también muchos zorros y lobos que estaban por ahí, huyendo del fuego y del humo». Esa pérdida de vida, vegetal y animal, será «más difícil de cuantificar», concluye este miembro de Protección civil.

Resulta triste que en la página web de la Junta de Castilla y León se califique a esta como «pobre tierra» en un capítulo dedicado a la fauna y flora de la «Reserva regional de caza Sierra de la culebra». «La vegetación natural (…) los bosques de roble, melojo, zufreiros (alcornoques) y encinas, han sido totalmente transformados por el hombre en el devenir histórico.», dice, para agregar que en el esfuerzo de recuperar «no sólo la fauna sino su cubierta arbórea, a la vez que se invertía en el futuro de los habitantes de esta pobre tierra [sic], la actividad repobladora de los años del Patrimonio Forestal del Estado y después la sucesivas Administraciones Forestales repoblaron con pino silvestre (Pinus sylvestris M.) y pinaster (Pinus pinaster Ait.) cerca de cuarenta mil hectáreas de las sesenta y cinco mil declaradas Reserva.». A continuación, y ya antes de este último incendio, se afirma que «desgraciadamente parte de este ingente esfuerzo repoblador ha sido pasto de las llamas, siendo sustituido rápidamente el pinar por brezales en Sanabria y Carballeda, y matorral de jara y genista en la parte alistana. No obstante, todavía podemos disfrutar de la presencia de formaciones arbustivas de rebollos y encinas, algunas machas de zufreiros, grandes castaños en las cercanías de los pueblos, y en las orillas de ríos y arroyos se conservan preciosos y tupidos bosques de galería de alisos, sauces y algún abedul.». Respecto a la fauna, las principales especies que habitan la Sierra de la Culebra, son, según clases taxonómicas y de acuerdo con la información de la web gubernamental, en peces, la trucha común, el barbo, la boga, el gobio y la bermejuela; 14 especies diferentes de anfibios, entre las que cabe mencionar los tritones jaspeado, ibérico y palmeado, el sapillo pintojo y la rana patilarga. De reptiles se han citado 12 especies, como la salamanquesa, lagartija colilarga, lagartija cenicienta, eslizón tridáctilo, culebra meridional y culebra de agua. Más de un centenar de aves diferentes se pueden avistar a lo largo del año dentro de la Reserva, entre las que se señalan por su rareza el sisón, el alcaraván, la ortega, el halcón peregrino, el elanio azul, el aguilucho cenizo, el águila culebrera, el alimoche y el martín pescador.
Entre los mamíferos destacan las poblaciones de ciervos, corzos, jabalíes y lobos. «Esta última especie, conjuntamente con el ciervo, son las piezas más valiosas de un equilibrio poblacional entre predador y presa, único en España», afirma la Junta. Respecto a las especies catalogadas destacan las poblaciones de gato montés, nutria, desmán de los Pirineos, tejones, «incluso en una ocasión se avistó la presencia del lince ibérico». Después de esto, habrá que ver lo que ha sobrevivido de este valioso y ya maltrecho ecosistema.

Un escenario negro

«Caminar sobre un bosque quemado es oír cómo las pequeñas maderas de matorral crujen bajo tus pies en un escenario negro. Pero lo más terrible es escuchar por encima de tu cabeza a algunos pajarillos que han vuelto a dios sabe dónde para ellos», relata Fidel Raso, autor de las fotografías de este reportaje. Tal como observó en el escenario de la catástrofe, las carreteras hicieron de cortafuegos, «el asfalto fue útil». Entre las grandes extensiones quemadas y accesibles para los vehículos de emergencia, vio a gente extenuada, muchos trataban de descansar tumbados en el suelo. En la cara de todos, el agotamiento y las huellas negras del humo.
Una finca ganadera todavía tenía llamas pequeñas a apenas unos metros de las naves donde se guardaba el ganado. Una unidad de bomberos había controlado la situación y permanecía allí de manera preventiva. Los propietarios mostraban su indignación por el largo tiempo y el sufrimiento vivido ante el retraso de la llegada de ayuda. Otro propietario de una finca cercana aseguraba que la suya se libró «por apenas una hora. El fuego ya estaba casi dentro».


Junto a una subestación eléctrica de la línea del AVE, dos personas que habían venido conduciendo un vehículo preparado para trabajos en zonas de montaña exteriorizaban de viva voz lo sucedido: «¡Es una catástrofe, una catástrofe. De veinticinco fincas que tenemos han ardido veintidós!», exclamaban impactados por las dimensiones del incendio. «Además, ya teníamos vendida mucha de la madera», contaba uno de los propietarios del negocio de compra-venta de madera y trabajos forestales, Carlos Manuel Azenha.
«Muchos pueblos se han quedado arruinados, ahora van a decir que ayudan, pero se van a quedar abandonados», auguraban algunos.
Un mastín estaba cerca de un equipo contraincendios, algunos se acercaron a darle algo de comida, que rechazó. Estaba asustado, con la mirada perdida.
Cuatro días después de iniciarse el incendio, los equipos de bomberos forestales, con apoyo aéreo de helicópteros y de un avión, trataban de sofocar las últimas llamas. La base operativa de Protección Civil se situó en el exterior del pueblo de Serracín de Aliste y, en otros momentos, estuvo también en Carmazana de Tera y Benavente. A los cerca de 80 voluntarios de Protección civil de Zamora y agrupaciones de Ávila y León, se sumaron otros de Cruz Roja. Hubo también bomberos de Castilla-La Mancha, Galicia y dotaciones «de nuestros vecinos y amigos de Portugal, con los que siempre hemos tenido muy buena relación porque hacemos encuentros transfronterizos y al ser países hermanados, inmediatamente han venido a colaborar», destacaba el jefe de la Agrupación de Toro. El lunes, tras cinco días de servicio ininterrumpido, Revidiego volvía a su casa, cuando ya se habían recuperado todos los suministros y quedaba por resolver el del agua de riego, pues «se han quemado muchas tuberías», apuntaba.
«Nunca se me olvidará. El miércoles hubo una tormenta terrible y ya el jueves empecé a divisar la columna de humo y, al anochecer, el resplandor del fuego», contaba Diego Molina, maestro en dos de los pueblos de la sierra y que vive en Tábara. Alrededor de uno de los colegios en los que da clase, «todo está quemado», relata. De sus niños, dos fueron evacuados, una de tres años y otro de seis, que contaba a sus maestros que el fin de semana lo había pasado «muy mal». «Un padre nos contó que tuvo que ir a por el ganado, que al final, no llegó, pero que no venía nadie y veía allí el fuego…». Lo peor queda por ver ahora: «Por la carretera donde se declaró el incendio he pasado miles de veces, he visto allí ciervos…; no sé para qué voy a volver, para llorar».

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