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Lágrimas, impotencia y cenizas en Zamora

Por Tamara Crespo

Reportaje gráfico: Fidel Raso

Si es impresionante, tristísimo, ver el corazón de una encina centenaria que arde días después de que todo a su alrededor haya sido reducido a cenizas, y hectáreas y hectáreas de monte quemado hasta donde alcanza la vista y cercando los pueblos, lo es mucho más aún contemplar las lágrimas en el rostro de un pastor con la piel curtida por años de duro trabajo. Es lo primero que nos encontramos al entrar en Tábara dos días después de que la localidad se viera rodeada por el fuego. Sobre su tractor, un viejo modelo John Deere de los años 80, Manuel se dirigía a la nave de sus ovejas. Hace mucho calor y él, como su hermano Pedro, tiene la cara del color tostado de quien trabaja a la intemperie, y arrugas profundas. Son propietarios de doscientas ovejas, nos contaba con lágrimas en los ojos cuando le preguntamos cómo vivió las horas en que el fuego amenazaba el pueblo. Ellos, como otros vecinos, tampoco se marcharon a pesar de las indicaciones de las autoridades, que evacuaron el pueblo, como tantos otros de la zona, pero lo dicen con la naturalidad de quienes no contemplaron siquiera la posibilidad de hacerlo: –«No, no salimos por la hacienda, teníamos que atenderla. Sí que nos dijo la guardia civil, marchaos, marchaos, pero no», recordaba con los ojos empañados y la voz entrecortada. A sus 67 años nunca había visto un incendio igual, asegura también. –« A doscientos metros de la nave pasó. Con el aire, corría, uf, que no podías…, pasó para abajo, corriendo, se fue para Faramontanos y nosotros, pues, con mucho miedo…», acierta a contar antes de que se le quiebre la voz y de volver a subirse al tractor para seguir trabajando, como seguramente haya hecho todos los días de su vida sin descanso. 

«¡Hemos estado solos!»

«¡Hemos estado solos, solos, si no es por nosotros, el pueblo se nos quema!», clama otro vecino en uno de los bares de Tábara. En un pequeño grupo comentan hasta dónde llegó el fuego, cómo unos fueron a sacar la maquinaria o el ganado para acercarlos al pueblo. La reacción primera ante las preguntas de los periodistas es de ira y dolor, –­«¿Me estás viendo? Ahora solo tenemos ganas de llorar». En el caso de quien nos habla, no solo conoce, si no que es amigo de Ángel Martín, el vecino que se jugó la vida para tratar de detener el fuego. De nuevo, el hombre que nos habla trata de contener el llanto. Al principio, no quiere hablar, «no de esto, no de lo que ha pasado»,  explica, «de cómo se va a regenerar el monte, de qué masa forestal ha sobrevivido, yo lo que quiero saber ahora es qué se va a hacer». ­–«Que dejen al monte que se regenere solo, que es mejor, que al pino le tenemos miedo, miedo». Quien propone esta solución es un antiguo brigadista, a quien acompaña otro en activo. Ambos conocen estos montes como la palma de su mano, y tras un rato de conversación, se nota que los aman. No se puede hacer el trabajo que hacen sin conocer y amar lo que protegen. Hablamos con ellos de la riqueza de la Sierra de la Culebra y su entorno. «No solo son los animales grandes, los ciervos o los lobos», advierte el más veterano, para agregar su compañero que «ahí hay unos ciervos muertos», sino la pequeña, igual de importante en la cadena de la vida, «las culebras» y otros reptiles, los insectos, las aves.., sin ellos no hay nada, «ahora no se ven rapaces», se lamentan.

–«¿Qué pasa, no aprendemos de otros fuegos, no aprendemos? Si querían joder una comarca, la han jodido», concluye, para recordar también la cantidad de colmenas que se han perdido, las setas…, «que vivíamos del monte, del monte, de la madera…».

También nos hablan estos brigadistas de lo que no dejan de contar ni hay que dejar de contar después de esta segunda tragedia vivida en Zamora en apenas un mes, de su  más que precaria situación laboral. Tres meses de trabajo al año, sin posibilidad de realizar tareas de prevención y limpieza, de lo que impediría que el fuego se extendiera con la virulencia y la capacidad de devastación que está teniendo, la rapidez con la que lo hace: –«Hay que trabajar en invierno», insisten. Y piden que registremos su denuncia de las condiciones de trabajo: –«En esos tres meses, nos revientan, y trabajamos cinco días y libramos dos; bueno, pues de esos dos días, nos pagan la seguridad social, pero los 53 euros que cobramos, no nos los pagan, nosotros, el jornal no lo cobramos los días que libramos. Cobramos unos 1.150 euros al mes, jugándonos la vida.

De la política forestal se lamentan con la misma indignación: –«Ahora, a plantar pinos otra vez, ¿verdad?». Y como ya nos habían relatado vecinos de otros pueblos afectados por el fuego, las piñas, «¡y la corteza!», de estos árboles madereros no autóctonos, «salen disparados» con el fuego, propagándolo. «Si es que luego a ti no te dejan podar un cerezo o un manzano…», sale a colación otra denuncia reiterada sobre la forma de gestionar el medio. Y otra preocupación añadida a las ya muchas de esta «España vacía» y olvidada, como denuncian: –«No la quieren vacía, quieren que nos marchemos para llenarla ellos. –«Cuidado no lo llenen de placas ahora, lo veremos», concluye el más joven en relación al comentario del otro. Sobre Tábara ya asoma uno de esos macroparques eólicos que están asolando -lo denuncian plataformas y movimientos ciudadanos como Aliente-, no solo los paisajes, si no el medio natural y de vida de la España rural, como en el caso que nos cuentan del aprovechamiento del monte y del turismo en la Sierra de la Culebra.

«Y esto no ha hecho más que empezar, no ha hecho más que empezar», insisten estos vecinos de Tábara respecto a los incendios, «porque aquí la temporada de incendios es  en agosto y estamos en julio, faltan agosto y septiembre… Del 15 de agosto al 15 de octubre es lo peor», apuntan. La preocupación es fundada, esta vez, los incendios comenzaron en junio y han devastado entre los dos unas 60.000 hectáreas. Para hacerse una idea de las dimensiones de la destrucción, los kilómetros cuadrados quizá sean más elocuentes: son 600. Una comparativa que se ha hecho respecto a otro lugar en el que se produjo una catástrofe -en este caso, natural- es la Palma. En Zamora ha ardido casi la misma superficie que ocupa la isla entera. Y hoy, jueves 21, ha comenzado una nueva ola de calor, y el incendio no está extinguido, tan solo estabilizado, sin llama, y sigue en nivel 2 por las condiciones del tiempo, calor extremo y viento. Bomberos forestales y la UME siguen trabajando. 

En las inmediaciones de Tábara, en la carretera Z-123, vimos a uno de los equipos de extinción haciendo cortafuegos y refrescando zonas en las que podría rebrotar el fuego. Allí había aún suelos humeantes y, lo más duro de ver: enormes encinas con el fuego aún en su interior, otras, partidas en dos por la fuerza del incendio, y los retoños y ejemplares jóvenes, abrasados. Lo peor de este escenario no es el silencio, atronador, el olor y el calor que desprende la ceniza, sino, en medio de esa negritud, escuchar el canto de algún pajarillo superviviente. 

Antes de ir a Tábara pasamos por Pumarejo, uno de los pueblos, junto a Melgar de Tera, de cuya evacuación fuimos testigos directos. Desde un altozano también quemado en este incendio, a apenas doscientos metros de las casas, se divisa eso, un valle lleno de árboles, de campos de cultivo, de viñas, de agua… En medio de un paisaje ahora negro, en el que -según señala otra vecina- han quedado, como por ensalmo, zonas sin quemar junto a otras arrasadas, el joven Mario Fernández, nos enseña la bodega de la familia, totalmente destruida. Mario apunta que la principal pérdida en este caso no es material, sino sentimental, «estas bodegas son la ilusión que tenía la gente del pueblo, hacerte tu propia bodega, eso era mucho». La suya la fueron haciendo, como todas, con los años, y estaba llena de objetos y recuerdos familiares. «La de días que habremos pasado aquí», rememora. No ha quedado nada.

En una vivienda cercana, Isidro García, de 70 años, nos señala los parajes quemados muy cerca. «Yo realmente no pasé miedo -afirma con el aplomo del legionario que nos cuenta que fue- para agregar que no obstante, «la gente sí pasó miedo, porque fíjate hasta dónde llegó el fuego. Era difícil que pasara lo verde, pero tampoco era imposible que viniera para aquí y prendiera esto que está sin limpiar [señala un solar contiguo]». «La que más miedo pasó fue la gente que estuvo en el fuego, los ganaderos, que tuvieron que apagarlo ellos mismos con la ayuda de los vecinos. Los de Melgar -aclara-, porque aquí hubo uno que lo pasó mal, pero fue en el anterior fuego». Lo que vimos el lunes en nuestra primera visita, gente afectada dos veces por estos enormes incendios consecutivos. El comentario respecto a la virulencia del fuego es el mismo: «Aquí no pensábamos que fuera a llegar, si es que yo me he acercado a verlo y estaba todo quemado, no quedó ni títere con cabeza. Dices, ¡si no se puede quemar más!, pero es que yo no he visto otro fuego que dejara todo tan abrasado. El bosque, donde había leña, quedó destruido, totalmente».

Camino de Melgar paramos en el mismo cruce en el que, junto a tres vecinos, contemplamos las columnas de fuego avanzar a toda velocidad, el ruido del incendio, «como un trueno». Allí, a la carretera, llegó, y la pasó. Encinas que están vivas en nuestras fotografías de hace dos días, han muerto. La tristeza y el silencio lo embargan todo. 

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7 comentarios

  1. Enhorabuena por vuestro trabajo periodístico y fotográfico pura tristeza para esas personas que han sentido como perdían todo.
    Ahora es momento de ayudarles más que nunca y que sientan que estamos junto a ellos.

  2. Es una vergüenza que la Junta de Castilla y León no se implique a tope en la prevención durante todo el año y en la contratación de profesionales que cuiden el monte para que no ocurran estas desgracias , personas con contratos estables y sueldos dignos que limpien el monte durante todo el año, así evitaríamos esta destrucción que ya no tiene remedio y la desolación que vive la gente de estos parajes que lo han perdido todo.
    Responsabilidad política, prevención y ayudas urgentes es lo que necesitamos en este momento.
    Que el gobierno autonómico y el central se pongan las pilas y actúen ya porque es una situación de urgencia extrema.

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