Los desplazados del incendio de Zamora, una generación «resiliente»

Por Tamara Crespo

Reportaje gráfico: Fidel Raso

Asustados, pero tranquilos dentro de la situación vivida, con pocas exigencias y con capacidad de adaptación a la adversidad. Este podría ser el perfil de la mayoría de las personas que, como consecuencia de segundo gran incendio vivido en Zamora en apenas un mes, tuvieron que abandonar sus casas. De las más de 5.000 desplazadas, unas 400 fueron acogidas en la capital, en el pabellón de la feria de muestras, Ifeza.

«Miedo hemos pasado, porque nosotros vivimos a las afueras y está el monte cerca. En los años que tengo no he visto un fuego como este. Me dolía más por mis nietos que por mí. Me decían, abuela no llores, que no va a pasar nada». María Isabel Román y su marido, Juan José Rodríguez, paseaban esta mañana por los alrededores del recinto ferial de Zamora en compañía de su hija, Rebeca Rodríguez, con Doki y Pipo, un precioso perro labrador, y un conejo en su trasportín. Llegaron a la una de la madrugada desde su pueblo, Pozuelo de Tábara, y eran unos de los miles de evacuados como consecuencia del pavoroso incendio en los montes zamoranos, que ha devorado ya casi tantas hectáreas como el de hace un mes en la sierra de La culebra y ha obligado a evacuar el doble de pueblos, 32. «Para el perro había pienso y agua. Cuando vieron el conejito, unos guardias civiles nos preguntaron qué comía y fueron a la tienda Kiwoko a comprárselo. Nos contaron que, al decirles que era para aquí, se lo habían regalado», cuentan, agradeciendo la atención y solidaridad recibidas, «a las siete y media de la mañana aquí había un montón de chavales y mucha otra gente para darnos desayunos, limpiar…» . Así ha sido la actitud de los zamoranos, que según nos explicaba el jefe de la Agrupación de Protección Civil de Toro, Joseba Revidiego, «se han volcado» con los damnificados. En el pabellón de la feria se veían muchos voluntarios de Protección Civil, Cruz Roja o del Consejo de la Juventud echando una mano. 

Tras unos minutos de conversación, María Isabel, expresaba las emociones contenidas desde su evacuación. Nacidos en esta localidad de Zamora y octogenarios, ambos residen en Madrid, pero pasan los veranos en su «casita» del pueblo, donde estaban con dos nietos. Su hija y madre de los adolescentes, que les acompañaba, también pasó momentos de angustia porque estaba en Santiago cuando le llegó la noticia del fuego, cortaron el AVE en Orense y tuvo que buscar junto a su marido una alternativa para desplazarse a Zamora, finalmente, en autobús, «una odisea. No llegábamos a Pozuelo y a las once y pico nos dijeron que ya les desalojaban… Cuando llegamos aquí tenía un nudo en el estómago». Según nos cuenta, el fuego no llegó al pueblo gracias «a los propios vecinos; los agricultores sacaron sus tractores, autobombas y demás y fueron arando a lo largo de los caminos, de un lado y de otro, levantando tierra recogida y sin recoger para hacer un cortafuegos más grandes». Su padre estuvo preparando «empalmes de mangueras» por si llegaba el fuego a las casas… A punto de despedirnos, de nuevo sale la preocupación de fondo: «Antes, sonaban las campanas del pueblo para ir a arreglar los caminos, a desbrozar», relata María Isabel, «los políticos y los gobernantes hacen como el perro del hortelano, ni comen ni dejan», remataba su marido, mientras la hija apuntaba que hay cortafuegos «hechos igual de hace 20 o 30 años llenos de maleza, con pinos en medio».

«El milagro es que no haya habido más muertes»

A las puertas del pabellón, Isidro Antón, un vecino de Perilla de Castro, afirmaba con seguridad, «dicen que en Losacio, pero el fuego comenzó en San Martín de Tábara, que un primo mío estaba con las ovejas y lo vio; y empezó lento, pero hubo un momento que vino como un volcán y lo inundó todo. Esa noche fue terrible, terrible, y en Perilla nos ha dado mucho tiempo y no ha pasado nada, pero en San Martín y en Escober no, el milagro de Dios es que no haya habido más muertos». «Allí hay que darle mucho valor a los bomberos, en San Martín han trabajado toda la noche a lo bestia, y no se ha quemado ninguna casa de valor, naves viejas, muchas».

«El monte nos está comiendo, haría falta más ganado, más limpieza. Pero es que no dan facilidades, tienes que empezar con cuatrocientas ovejas, con cien no vale…», comentaba también Isidro con Pascual y Adelina, estos, de San Pedro de las Cuevas, donde no ha llegado el fuego. «Nosotros vivimos al lado del embalse, que es donde cargan agua los aviones, y la tarde del domingo allí no se vio nada, y nos sorprendía», apuntaba Adelina. «Si cuando se inició el fuego, hay algo que llega a tiempo, no se hubiera extendido tan deprisa. ¡Por dios, lo que se ha vivido!», lamentaba Isidro.

Respecto a la falta de mantenimiento de los montes, Isidro cuenta un caso que tiene cercano, la de una zona «donde hay una empresa que se dedica a desbrozar, pero se llevan lo gordo y el menudo lo dejan allí, ¿por qué no se les obliga a que eso menudo, cuando se pueda quemar, lo quemen? Y después, los retoños…, se arma un cisco allí, que ni hay pastos, ni hay boletus ni nada. En esas parcelas es donde ha estado centrado el fuego estos días», afirma. La queja es generalizada, el monte «no está cuidado y tampoco se dan facilidades» para mantenerlo en condiciones. Y la política forestal: «El pino…, cuando hay un fuego, el pino es lo peor que hay, y dicho por el que los ha plantado, que iba en contra de él y vive de eso, el pino no resiste [el fuego] y hace una nube tóxica, y si hay piñas verdes, explotan y el fuego avanza mucho más». «Y ahora, las placas solares en proyecto…, los pocos agricultores y ganaderos que hay se quedan sin vida, y algunos son jóvenes todavía», apunta este vecino de Perilla. «¿Tú crees que los estamentos pueden autorizar, en una zona tan rica de secano como es la de Montamarta, poner placas ahí?», se pregunta enfadado.

Hablamos también con dos psicólogas de la Junta de Castilla y León de las que atendían a los refugiados en el pabellón, Gloria García y Luisa Velasco. Aseguraban ambas estar asombradas del aplomo de las personas evacuadas, en su mayoría de más de 70 años, «salvo en dos casos, nadie ha sufrido un problema de ansiedad, lo están asimilando muy bien, con mucha resiliencia».  Una de ellas había vivido el anterior incendio, en Caramazana de Tera, y lo que más le llamó la atención ya entonces fue «la capacidad de adaptación a la adversidad y además, todo el rato agradecidos». «Salvo la preocupación de que no se quemara la casa, por lo demás, nada». «Ayer me decía una señora, hemos visto muchos incendios, pero como este, nunca, y lo decía con cierta preocupación, pero con esa fortaleza que tienen nuestras madres», señalaba Luisa. «Nadie me ha pedido comida, una almohada, nadie me ha pedido nada, tienes que ir tú a ofrecerles, porque no lo necesitan, no necesitan nada, salvo que les orientes un poco, porque algunos no oyen bien». «¿Oyes bien?», acababa de preguntar un minuto antes a la periodista un señor que no había captado lo que se decía por megafonía. Era de Santibáñez de Tera, unos vecinos de su pueblo le echaban también una mano en ese momento señalándole que debía permanecer sentado en su cama, pues estaban preparando las salidas en autobús de regreso a sus casas y había que hacer recuento.

En un momento de la conversación con las psicólogas, mencionaron la labor de la Guardia Civil, muy presente también tanto en los pueblos a la hora de evacuarlos, como en el pabellón. Dos agentes a los que saludaban se acercaron para comentarles que han sido también para ellos tres días muy difíciles, sobre todo en lo que respecta a las dos personas muertas y el herido, con graves quemaduras, en Tábara mientras trabajaba con una máquina contra el fuego.

De Tábara hablamos también con dos ancianos, una pareja que, como el resto, esperaban pacientes sentados en sus camillas la hora de comer y, después, de subirse al autobús de regreso a sus casas. «Hasta que no lo veamos, no podemos imaginarlo, pero parece que [el pueblo] ha quedado bastante, bastante dañado», repetía María Antonia Arias. «Se veía el humo, las llamas…, era impresionante. Imagínate cuando nos dijeron que teníamos que desalojar, ¡qué impresión! Ha habido gente que se ha quedado, pero tampoco se puede hacer eso. El peligro era el humo, puede haber gente que se asfixie, claro, y antes de llegar a eso…», resume esta señora de 76 años, que, como muchos, estaba de vacaciones en su pueblo natal, pues vive junto a su marido, extremeño, en el País Vasco. «Hemos estado muy bien atendidos, había psicólogos, médicos, de todo, siempre preguntado si necesitábamos algo», confirmaba respecto a lo que ya nos habían contado otros acogidos.

El alcalde de Zamora, Francisco Guarido, comentaba también por su parte lo bien organizada que había estado la ayuda a los desplazados, «dentro del caos que supone un hecho como este». «Ha sido todo improvisado, efectivamente, pero creo que las instituciones se han portado bien; Cruz Roja, extraordinario, y la gente muy comedida también, entendiendo que es una situación de emergencia y que hay que aguantar los contratiempos, pero aquí han estado muy bien atendidos». Por si no hubiera sido suficiente el recinto ferial, dependiente de la Diputación provincial, el Ayuntamiento tenía prevista otra instalación, que finalmente no hizo falta, comentaba. En cuanto a la gravedad del incendio, Guarido nos mostraba en su móvil una imagen de la capital con el resplandor de las llamas también asomando tras la catedral. «Ahora a ver cómo se recupera todo esto, en cuántos años y con cuánto dinero. El problema es que los pueblos se están despoblando, creamos parques naturales que son tipo salvaje, pero en los que al cabo de 20 años, la vegetación es una bomba de relojería», reflexionaba.

Las dimensiones de la catástrofe se verán cuando se dé por extinguido el fuego, que al cierre de esta información se estimaba había destruido más de 20.000 hectáreas de una provincia ya castigada por el fuego.

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