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Incendios y otros incendios

Nos están quedando un país y un mundo inhabitables

Por Tamara Crespo
Fotos: Fidel Raso
Hoy me desperté con el olor a quemado inundando la habitación. Vivo a 200 kilómetros de los incendios del Bierzo y 140 de los Arribes del Duero, otra joya que está ardiendo. España arde y sí, lo que pasa en Ceuta es otro incendio que tiene que ver. Todo está relacionado, de una u otra manera, hay una Gaia natural, y otra humana, dos sistemas interrelacionados que están dando síntomas de colapso.
En 2021 regresé a la ciudad autónoma, en la que viví y trabajé durante una década, para asistir a la mayor crisis fronteriza de la historia hasta aquel momento. Como en un triste paralelismo, en 2022, asistí también al mayor incendio conocido hasta esa fecha en el país, el de la Sierra de la Culebra. En este caso, fueron 30.000 hectáreas quemadas, el de Ávila de ahora ha alcanzado las 50.000. En el caso de la entrada masiva de personas por el espigón fronterizo del Tarajal, hace cinco años fueron unos 10.000, hoy, las primeras estimaciones, cuando escribo esto, antes de la comparecencia del presidente en Ceuta, sitúan la cifra en 49.000, 7.000 de ellos, menores.
Es una progresión terrible y una casualidad que no puede ser tal. Las avalanchas de 2021 se produjeron tras la acogida de un dirigente del Polisario por parte del Gobierno español, aunque, obviamente, el fenómeno de la migración de África a Europa tiene raíces mucho más profundas y diversas, las de ahora se producen tras una visita del presidente Sánchez a Argelia, otro de los enemigos de Marruecos (que, dicho sea de paso, no se lleva bien con ninguno de sus vecinos). También se dan en un momento de debilidad y de crisis, como es la oleada de incendios, algunos, descomunales, que asolan el territorio español.
Pero la «línea de puntos» podemos llevarla más allá, porque sí, todo es ya global, y resulta que el principal aliado de Marruecos es el EEUU de Trump, al que ha faltado tiempo para achacar la crisis migratoria, y humanitaria, a las políticas de «extrema izquierda». Casualidad que a la ultraderecha española, Vox, le ha faltado tiempo también para, en palabras de su dirigente, Santiago Abascal, decir en relación con la llegada de inmigrantes, que «cada puñalada y cada violación futura habrán sido importadas directamente por Sánchez». Los nazis señalaron igual a sus víctimas. Resultado: en Ceuta, ciudad pacífica donde distintas culturas conviven secularmente, han salido individuos a insultar y agredir de forma violenta a los «invasores».
Qué bien le viene a la extrema derecha global, alentada e impulsada por EEUU, una crisis, o dos, que desestabilicen a un gobierno de izquierdas, el de un país importante de la Unión Europea, que les ha plantado cara y denunciado el genocidio en Gaza.


Y resulta que en medio de todo esto estamos los ciudadanos, algunos, responsables de los votos que regalan, y una, o diversas crisis climáticas y humanitarias sin precedentes.
A Marruecos le importan poco sus nacionales, solo en estos días han muerto, según las cifras dadas mientras escribo esto, 34 personas, eso, que se sepa, porque mi experiencia me dice que del país vecino nunca tenemos datos fidedignos de lo que ocurre al otro lado de la valla. Si en 2021, con entre 8.000 y 10.000 personas que cruzaron la frontera en unos días, la situación en la ciudad, de 19 kilómetros cuadrados y 83.000 habitantes, fue terrible, no quiero ni imaginar, ni lo necesito, porque me lo cuentan testigos fiables, lo que está siendo ahora. En aquel entonces, miles de personas se hacinaron en las naves comerciales del Tarajal, pegadas a la frontera, hombres jóvenes la mayoría, pero también mujeres y niños, por primera vez entraron unos 1.500 menores de edad solos. No había urinarios, no había agua, no había alimentos hasta que pudo organizarse una respuesta. La policía estaba absolutamente desbordada con el mantenimiento del orden público y las identificaciones, el caos era enorme en las calles. Como ahora, muchos comercios cerraron sus puertas, había gente deambulando por todas partes sin rumbo, o sentadas esperando no se sabía qué. Todo se sumaba a la situación cotidiana que se vive en la ciudad, en las dos ciudades autónomas, con grupos de inmigrantes que esperan en el puerto una oportunidad de esconderse en un barco o en cualquier vehículo para pasar a la península: Ceuta y Melilla son solo la primera parada europea de su viaje migratorio. Por cierto, siempre muy solas las dos en esto, quejándose, y con razón, de que no es la cuestión migratoria, ni la vecindad con un país fuera de la UE, algo suyo, ni siquiera solo un asunto español, sino, como mínimo, europeo. Las vallas son la frontera sur de Europa.
Y mientras tanto, el país, que era el de mayor biodiversidad de Europa, se nos va convirtiendo en un desierto, verano a verano, incendio a incendio, un incalculable número de animales muertos, entre vertebrados, invertebrados, reptiles, insectos…, y sus crías, ecosistemas devastados, un desierto que se sumará al que generan las mal llamadas «energías verdes» o «sostenibles», mal llamadas, así puestas. No se trata de que estén instalando un par de molinos o una pequeña planta de placas solares para generar energía local, ni siquiera de grandes parques en las proximidades de las ciudades, donde se consume esa energía, ni en zonas ya degradadas, sino en pleno campo, en medio de la misma «España vacía» que está sufriendo los incendios. Pura burbuja especulativa, el mismo negocio, el de la energía, en manos de los mismos. Entre incendios y otros incendios, nos están quedando un país y un mundo inhabitables, en sentido literal y moral.

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