El Photomuseum de Zarautz, en Guipúzcoa, ha inaugurado el 7 de junio la exposición Emigrantes y refugiados, del fotoperiodista Fidel Raso. La muestra, que permanecerá abierta hasta el 31 de julio, se enmarca en el programa Conversaciones, dentro a su vez de las actividades de Donostia/San Sebastián Capital Europea de la Cultura.
Esta doble exposición recoge, por un lado, el fenómeno de la inmigración en la frontera sur de Europa, la que se separa España de Marruecos mediante las vallas de Ceuta y Melilla. Allí miles de inmigrantes se juegan la vida para tratar de superar las barreras fronterizas, lanzándose al mar en precarias embarcaciones o en avalanchas a nado desde el lado marroquí. Las fotografías se complementan con materiales usados por los inmigrantes: balsas, chalecos salvavidas, flotadores…, recogidos por Raso durante los años, una década, en que ha cubierto este tipo de sucesos en Ceuta y Melilla. Por otro lado, la diferencia de renta entre ambos países hace que la frontera de Europa con África sea escenario de una igualmente penosa situación, la de los miles de personas, la mayoría, mujeres, que a diario atraviesan el paso fronterizo del Tarajal, en Ceuta, o de Beni Enzar en el caso de Melilla, cargadas con mercancías que adosan a sus cuerpos y pasan a Marruecos para su venta.

Dos conferencias tratarán de arrojar algo de luz sobre estos fenómenos: el 10 de junio fue el turno del ex-parlamentario Emilio Olabarria, en la actualidad, asesor del departamento de Empleo y Políticas Sociales del Gobierno Vasco, con una ponencia sobre Los derechos de los refugiados, y el 22 de julio, Patricia Bárcena, de CEAR-Euskadi, defenderá que La protección de las personas refugiadas en Europa no es un reto, es una obligación.

Los textos que acompañan a la exposición son de la periodista Tamara Crespo.

Estrecho de vida y muerte

El Estrecho de Gibraltar es un lugar fascinante que marca la vida en las ciudades de sus dos orillas. España las tiene a uno y otro lado. Por una parte está Algeciras, con su gran puerto, y por otro, Ceuta, una de las dos ciudades españolas en África. En días claros, visto desde suelo ceutí, la silueta del peñón de Gibraltar emerge tan cercana y nítida que casi parece que pudiera tocarse… Y eso deben pensar muchos inmigrantes cuando contemplan ese paisaje: tan cerca, tan lejos.

Miles de personas esperan en las costas marroquíes y en Ceuta una oportunidad de cruzar al otro lado, a una vida mejor en Europa. Por esa estrecha franja de agua, una de las de mayor tráfico marítimo del mundo, circula de todo, se detectan desde embarcaciones de recreo a mercantes o motos de agua con droga, el hachís es el producto “estrella” del comercio ilícito desde las costas marroquíes a las españolas. A este se suma ese otro tráfico más terrible: el de seres humanos. Para las mafias es un lugar en el que enriquecerse a costa de los sueños, el sufrimiento y, a menudo, la muerte de otros. En estas aguas un mercante o un ferry pueden encontrarse con una patera o una pequeña balsa hinchable llena de personas a punto de morir, o con muertos. En una ocasión, en el Mar de Alborán, la alerta la dio un submarino: cabe imaginarse el miedo a bordo de una minúscula balsa frente a los colosos del mar o al oleaje que la va llenando de agua hasta que zozobra. Hay polizones que se esconden en los barcos y en los maleteros y otros habitáculos de coches, camiones, caravanas… para cruzar esta frontera de agua. Uno de ellos, procedente de Tánger, murió atrapado en las turbinas de propulsión de un fast-ferry, otros han perecido aplastados por vehículos, como le ocurrió el 5 de febrero de 2008 a Aser Mohamed, un pakistaní de 30 años, que se había escondido en los bajos de un autobús de turistas.

En Ceuta se ve a los inmigrantes buscando con la mirada el modo de cruzar al otro lado, en contenedores de basura si es necesario, otra forma espantosa en la que uno de ellos, Paul Charles, un joven camerunés, encontró la muerte el 30 de diciembre de 2010. En un invierno en que había en el Centro de Acogida Temporal de Ceuta más asiáticos que africanos, pakistaníes sijs se reunían para rezar a diario en una paya ceutí, frente a las embravecidas aguas del estrecho, la corta pero violenta corriente que les separaba de su destino europeo.

Este “mercado” de viajes clandestinos funciona como una verdadera empresa. Hay talleres que fabrican remos de madera, eso sí, con las formas y materiales más precarios, tiendas y almacenes provistos de balsas de plástico, chalecos salvavidas, otros donde encontrar cámaras de neumático, y hasta oferta de garrafas de plástico vacías que hacen de flotador. Los inmigrantes que se lanzan en balsas o a nado con la idea de superar tan sólo uno de los dos espigones fronterizos de Ceuta lo hacen provistos de estos materiales de supervivencia mínima y también con un puñado de objetos que por alguna razón les son necesarios o queridos. Los envuelven en plástico, empleando a veces preservativos, en paquetes que pueden contener desde un móvil o algo de dinero a una foto de familia o un certificado de boda.

Esta exposición recoge algunas de esas vivencias en este estrecho de vida y muerte, los rostros de la desesperación y también la dicha de los que llegan a salvo desde Marruecos a Ceuta, a veces a nado, en una de las más duras travesías a las que puede enfrentarse una persona. Durante una década, Fidel Raso ha asistido, como privilegiado espectador en su trabajo periodístico, a naufragios y rescates, a la aparición de cadáveres arrastrados a las playas, a funerales e inhumaciones en nichos sin nombre, al trabajo de los rescatadores, a la persecución del tráfico de drogas… El fotógrafo ha observado y dejado testimonio de esa actividad que bulle en unas aguas procelosas, que desde tierra pueden parecer tranquilas y llenas de vida y, en su centro, esconder la muerte, agazapada, esperando a los navegantes como en las leyendas mitológicas. Cuenta el mito que Hércules separó aquí los continentes, y la brecha parece cada vez mayor.

La vida es una pesada carga en la frontera sur de Europa

La pesada carga de la vida para los pobres adquiere una forma grotesca y trágica en la frontera sur de Europa. A diario, miles de porteadores marroquíes, en su mayoría, mujeres, atraviesan desde territorio español un angosto pasillo vallado (la “jaula”) y un molinillo cargadas con enormes bultos de las más diversas mercancías que adhieren a sus cuerpos. Algo así de surrealista es tan difícil de imaginar como impactante de ver.

Las cifras dicen que por la frontera del Tarajal, que separa la Unión Europea de África (Marruecos, de la ciudad española de Ceuta), se producen cada año seis millones de pases, unos 30.000 al día. Parte de ellos son realizados por las mismas personas que, en un diabólico ir y venir, tratan de cruzarla todas las veces que pueden en su jornada “laboral”, soportando largas colas y aglomeraciones con una carga que cuesta creer que puedan aguantar y menos aún, transportar a pie. A más pases, más “paga”, el equivalente a unos cinco euros por cada cargamento con que logran atravesar la frontera, formado por productos de alimentación, de limpieza, mantas… A veces, toca pasar la noche al raso entre la mercancía, porque la frontera se cierra y hay que esperar hasta su reapertura, a las 5 de la mañana.

Entre los porteadores hay ancianas y ancianos, ciegos, personas con discapacidades de todo tipo… Aunque se hagan esfuerzos de “buena vecindad”, la regularización y el control del tránsito por una frontera tan desigual es harto difícil, más si cabe desde la eclosión de la amenaza del yihadismo, que se suma a otros problemas como el tráfico de drogas, de armas o de personas. Marruecos no reconoce la españolidad de Ceuta y Melilla, ciudades que reivindica como territorio propio, por lo que en la primera no hay aduana. Y aunque en Melilla sí existe servicio aduanero, el fenómeno del comercio “irregular” (más ventajoso para sus beneficiarios), se produce de igual forma. En estas fronteras son continuas las aglomeraciones, generadas en ocasiones por su cierre desde uno u otro lado. A menudo se forman enormes tapones de gente atrapada entre bultos. Los porteadores caen al suelo, hacen aspavientos, se asfixian con las cuerdas con las que se atan los enormes paquetes al cuerpo.

Para regular este “irregular” tráfico se separaron las entradas a Marruecos: la principal, para vehículos y personas a pie sin mercancía, y el antiguo y cercano paso del Biutz, reabierto con este fin, para los porteadores. Pero nada evitó el drama. Dos años después, el 25 de mayo de 2009, dos mujeres morían aplastadas por la multitud en una de las entonces frecuentes avalanchas, atrapadas en unas escaleras, atrapadas entre dos mundos.

Los porteadores, su explotación, su lucha por la supervivencia diaria, son el rostro humano de una de las fronteras más desiguales del mundo. Fidel Raso lo ha visto de cerca y fotografiado durante años.