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Saint-Exupéry, en vuelo nocturno (y mágico) sobre Urueña

«Si soy derribado, no lo lamentaré. La ‘termitera’ futura me espanta y odio su virtud de robots. Yo estaba hecho para ser jardinero». Estas fueron las últimas palabras escritas por Antoine de Saint-Exupéry antes de emprender el que sería su último vuelo. El autor de El principito -el libro en lengua francesa con más traducciones de la historia y uno de los libros más leídos de todos los tiempos- partió la mañana del 31 de julio de 1944 en un vuelo de reconocimiento fotográfico sobre el valle del Ródano, una misión para los aliados de la que no regresó. «Que buscó morir, sí, que no hizo nada por evitarlo, también, que quería morir como murió, desde luego…, ahora, de ahí a que soltara los mandos y se dejara caer, hay una diferencia». Saint-Exupéry estaba deprimido, sabía que no iba a poder seguir volando, «no creía en el tiempo que se avecinaba», pero Montse Morata, su biógrafa española, autora de su primera biografía en español, no cree que se quitara la vida, a su modo de ver, se lo impedían, entre otras cosas, su «sentido de la responsabilidad» y su instinto de supervivencia, puesto a prueba, por ejemplo, en el desierto libio, donde permaneció perdido, sin comida ni agua, durante cinco días.

En Aviones de papel (Editorial Stella Maris), presentada el 22 de octubre en la librería Primera Página, Montse Morata habla de la muerte, pero sobre todo, de la vida de este escritor, uno de los más grandes autores franceses, sometido por el general De Gaulle -por no plegarse a ningún adoctrinamiento, por ser un librepensador-, a un veto que arrastra aún hoy, 70 años después de su muerte. Saint-Exupéry carga todavía con el peso de ese ostracismo, el lastre de la etiqueta de autor «juvenil», que nada tiene que ver con la realidad, con la realidad de un genio, un hombre sabio, de ciencia, un poeta, inventor, pionero de la aviación, un visionario humanista que dejó un legado intelectual vigente hoy en día quizá más que nunca.

A Morata, el descubrimiento del verdadero Saint-Exupéry le cambió la vida –afirma- porque le cambió la forma de ver la vida. El escritor creía en el hombre más allá del individuo, creía en los hombres que encuentran una causa que les trasciende. Su experiencia como corresponsal en la Guerra Civil española fue una de las que más le marcó y dejó una enorme huella en su obra. En España, descubrió que el hombre «necesita dar un sentido a su vida», que tiene «hambre de una dicha que no es individual, o que es la que encontramos cuando hacemos algo que trasciende nuestra individualidad».

Ese pensamiento, su visión poética, la extraordinaria calidad y sencillez de su escritura, conforman un legado muy desconocido no sólo en España, sino también en la propia Francia, como comentó una ciudadana francesa presente entre el público y confirmó Morata. ‘Vuelo de noche’ o ‘Tierra de los hombres’ (traducciones que Morata advirtió son más correctas de las que se han hecho) son algunas de las obras maestras de un autor «visionario» y a la altura de los mejores de la literatura francesa y universal, pero el primero se ha llegado a editar en forma de libro juvenil «el colmo» después de que sucediera lo mismo con ‘El principito’, cuyo título en español (en francés no existen los diminutivos y por tanto debería traducirse como ‘El pequeño príncipe’), ha contribuido a la confusión.

Los seis años dedicados por la autora de ‘Aviones de papel’ a la investigación de la vida y obra de Saint-Exupéry, condensados en esta biografía, han servido para sacar a la luz crónicas periodísticas que no volvieron a publicarse en 70 años y para desmontar muchas ideas falsas y hacer algo de justicia a ese pequeño y lúcido príncipe que nos enseñó que lo esencial es invisible a los ojos.

En Primera Página pudimos percibir algo de eso que no se ve, que es intangible, pero muy importante, el amor por la verdad y la pasión -representados por Morata-, el heroísmo -encarnado por Saint-Exupéry con algunas sombras de personalidad que son pequeñas máculas comparadas con su grandeza-, el ansia de conocimiento de todos los que nos acompañaron, esas cosas que hacen que, como él, podamos aún, y a pesar de todo, creer en la humanidad. Al final, pudimos tocar, en miniatura, las alas del Lightnings P-38 con el que Saint-Exupéry desapareció para siempre en el Mediterráneo. Lo había hecho con sus manos un amigo, Javier Buitrón, que nos lo trajo para que -a través de él- pudiéramos sentir, como Morata, la presencia del aviador. Por último, otro amigo, nos trajo de Marruecos días antes unos dátiles que, en recuerdo de las experiencias de Saint-Exupéry en el Sáhara, compartimos hasta que, en la despedida, la estela de su avión se perdió de vista en el cielo estrellado de Urueña.

Las personas que, gracias a la generosa aportación de Teresa Amor Iglesias, pudieron vernos en directo desde Valladolid, Madrid, Bilbao, Canarias, Salamanca o el Reino Unido, y que hicieron comentarios y preguntas, fueron partícipes también, en la distancia, de esa magia.
Por Tamara Crespo
Fotografías: Fidel Raso

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