“El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo”. Con esta cita del Diario de viaje de un filósofo, de Hermann Keyserling (1918) se abre uno de los libros más celebrados de Manuel Leguineche, «Manu», «el Jefe de la tribu» periodística española, maestro y ejemplo de periodistas.  El camino más corto. Una trepidante vuelta al mundo en automóvil, que publicó Argos/Vergara en octubre de 1978, ha sido reeditado este año por Ediciones B. Convertido ya en un clásico, lectura obligada para periodistas y futuros periodistas, para viajeros o futuros viajeros, si alguien quiere hacer el camino más corto al buen periodismo y la buena literatura de viajes, puede hacerlo a través de este libro que, además, y como avisa el subtítulo, «Una trepidante vuelta al mundo en automóvil», atrapa desde la primera hasta la última línea.

A Leguineche (Arrazua, Vizcaya, 1941-Madrid, 2014), el viaje le llevó tres años, más doce de espera hasta que, lleno de nostalgia por aquel juvenil descubrimiento del mundo, se decidió a contarlo. Manu, como se le conocía en la profesión, se convertiría a partir de esta primera experiencia en un periodista de leyenda -en Australia, la última etapa del viaje, recibió un telegrama del vespertino Madrid para cubrir nada menos que la guerra de Vietnam- y, a partir de la publicación de este libro, y como él mismo señalaba en el prólogo a la sexta edición, «en una especie de gurú de los aventureros». Tenía 23 años cuando emprendió aquel viaje iniciático, ganaba 3.000 pesetas mensuales como redactor de una agencia de prensa y «malvivía» en una pensión del madrileño barrio de Argüelles. La España de entonces era la de las manifestaciones universitarias y los golpes de la policía montada de Franco, de los que llevaba varios en el cuerpo cuando partió, la España en la que «a la señorita Maribel Fraga, hija del iracundo ministro de Información, la coronaban reina de las fiestas gaditanas». Era un país gris, y una época en la que, y esto es casi profético «las ciudades en las que vivimos cada vez se parecen más unas a otras». Tenía muchos motivos Leguineche para partir, pero detrás de todos, lo que se percibe en este libro como impulso primero era la necesidad de conocer su mundo, de conocerlo y de contarlo, algo que hizo magistralmente desde el principio. Su equipaje estaba formado ya entonces y desde niño por clásicos imprescindibles en la maleta de un viajero, como Stevenson o Hillary: «También para mí el mundo está ahí», decía, como para el escalador la cumbre del Everest.

Sus tres compañeros de viaje no podían ser más variopintos a pesar de ser todos periodistas (o precisamente por eso): un suizo crápula, Willy Mettler, también veinteañero y quien le dio la idea de sumarse a la Trans World Record Expedition (cuyo propósito era batir el récord mundial de distancia recorrida en coche) y los estadounidenses Harold Stevens, «el Jefe», cuarentón exmarine y viajero experimentado, columnista entonces en el «Washington Post»; Al Podell, cansado de recibir a aventureros en su despacho de la revista «Argosy», de la que no salía sino a través de los viajes de otros y cuya religión –era judío- constituía un problema de partida para viajar por países musulmanes; y Woodrow Stans, redactor de un periódico de Illinois, hipocondriaco y pesimista. Este heterodoxo grupo, recorrió, a bordo de un Toyota «Land Cruiser», 34 países de los cinco continentes, en un viaje que en lugar de los seis o siete meses que tenían previsto durara, se prolongó durante casi tres años. En ese tiempo, como se explica en la solapa de la primera edición, se encontraron «con tifones y sequías, guerras, guerrillas y calmas chichas y plagas medievales, desiertos sin fin, montañas casi infranqueables» que jalonan el relato de un viaje «en total libertad y a pulso».

El mundo no estaba en 1965 mejor que ahora, según resumió «el Jefe» en el comienzo del viaje, había guerra abierta en treinta y cinco países y «los desórdenes y las perturbaciones» se sucedían en veintinueve de los treinta y cuatro situados en su ruta. Toda una aventura y todo un retrato de una época, de alguien que en aquel entonces sabía «jugar al mus y al fútbol, cantar canciones en euskera, escribir reportajes y otras cosas igualmente inútiles y nada prácticas para dar una vuelta al mundo». Periodismo y la mejor literatura de viajes, de la mano. Grande, Manu.