Por Tamara Crespo/ Fotografías: Fidel Raso

Leer en la playa es algo que hacen muchos lectores, pero leer en el agua, sin colchoneta que nos ayude a flotar, solo puede hacerse en un lugar del mundo: el Mar Muerto, un punto del planeta singular en todo, es el lago más salado del mundo y el punto de la superficie terrestre más bajo, a 430 metros bajo el nivel del mar.

Este impresionante mar interior de unos 80 kilómetros de largo y un ancho máximo de 16, está situado entre Israel, Palestina y Jordania, y su alta salinidad, casi diez veces superior a la de cualquier océano (sus aguas tienen una densidad de 1,24 kg/litro), permite flotar sin esfuerzo alguno. De ahí que una de las fotografías típicas en las zonas de baño de este lago salado, alimentado por las aguas del Jordán, sea de gente leyendo en el agua.

En nuestra visita a la playa del kibutz de Kalia, en la Cisjordania ocupada por Israel, teníamos a mano el libro de un amigo que nos hacía de guía, La acusación, de Bandi (Libros del Asteroide), exótico en estos lares pues se trata de literatura norcoreana (nosotros llevábamos uno de viajes que os mostraremos en otra localización del viaje). Otro bañista eligió The Ringmaster (El maestro de ceremonias), de Morris West, escritor australiano famoso por sus novelas ambientadas en el Vaticano, como Las sandalias del pescador.

En esta playa hay un viejo embarcadero suspendido en el aire que muestra los estragos causados en el Mar Muerto por la mano del hombre en las últimas décadas, con una mengua que se calcula en más de un metro anual. El agua, la del principal afluente de este lago, el Jordán, es especialmente estratégica en este lugar en conflicto que es Oriente Medio. Sus principales amenazas son la reducción, en cerca de un 90%, del caudal que le aporta el río por las presas construidas para el abastecimiento en Jordania, Israel y Siria, y la sobreexplotación de sus ricos recursos minerales. Según los expertos nunca llegará a desecarse del todo por un complejo equilibro entre evaporación y salinidad, pero de seguir así, podría quedar reducido a la sombra de lo que fue en unas pocas décadas. Sería una más de las penosas, irreversibles y graves consecuencias que la avaricia humana está causando a la Tierra, en este caso, en un ecosistema único, un mar mítico en cuyas orillas unos beduinos encontraron en 1947 el tesoro de los manuscritos de Qumran, una versión de la biblia hebrea con 2.000 años de antigüedad, en el que se sitúa el pasaje bíblico de la destrucción de Sodoma y Gomorra, y que según las crónicas ya usaba como balneario el rey Herodes, un lugar único.