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Egeria se quedó en Tierra Santa

Egeria, en el Santo Sepulcro, Jerusalén.Foto: Fidel Raso

Por Tamara Crespo/ Fotos: Fidel Raso

Esta es la historia de una viajera hispana del siglo IV, Egeria, que 1.700 años después, ha regresado a los Santos lugares de Jerusalén, que ella menciona también, en el relato de viajes más antiguo del que se tiene noticia en España, con su antiguo nombre romano, Aelia. En su compañía viajamos a la actual Jerusalén, en la que -en la misma época en que Egeria emprendía desde la antigua Gallaecia aquella peculiar aventura de recorrer el mundo entonces conocido, desde Hispania a Mesopotamia- Santa Helena, la madre del emperador Constantino, se dedicó a edificar templos en todos aquellos puntos de la ciudad relacionados con la Pasión de Jesús: la vía dolorosa, la crucifixión, el santo sepulcro… En este último, la fotografiamos en el siglo XXI, transformadas las cartas que escribió a sus amigas, a las que llamaba «sorores» (de ahí que la confundieran algunos tras descubrirse sus escritos con una monja o sor) en un libro editado por La Línea del Horizonte, con traducción y estudio del periodista Carlos Pascual.

El viaje de la dama Egeria coincidió con el momento de la construcción, en el Gólgota, o monte del calvario, de la primera basílica que marcaba el lugar de la crucifixión y sepultura de Jesús, una época en la que el viaje estaba solo al alcance de unos pocos y, más aún, de unas pocas mujeres. Podemos imaginar su sorpresa si viera hoy el Santo Sepulcro, junto el que la hemos retratado, lleno de peregrinos y turistas. No obstante, ella fue de las primeras, pues Santa Helena no solo mandó construir lugares de culto, sino también hospederías, poniendo «de moda» los viajes a Tierra Santa. Sometida a guerras y destrucciones durante sus 5.000 años de existencia, Jerusalén, al igual que el Santo Sepulcro, están, 17 siglos después, muy cambiados, pero tienen la fuerza del peso acumulado de esa historia. No sabemos si Egeria regresó de aquel viaje, pero a través de su libro se ha quedado ahora en Jerusalén, en manos de otra mujer, culta y viajera como ella, que conoce bien esta apasionante tierra, una «soror» del siglo XXI a la que también van a llegarle sus cartas a través del tiempo.

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