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Mejor leer en largo que en corto

Mejor leer en largo que en corto


Por Fidel Raso

«A todo el mundo le debe quedar claro que la paz fue violada el 2 de agosto, cuando Irak atacó pequeñas defensas de su vecino. Irak tampoco ha dado señal alguna de buena fe. Por eso es el único responsable del comienzo de las hostilidades», dijo el canciller Helmut Kohl a los periodistas en enero de 1991. Además, añadía que no enviaría «a alemanes a la guerra» aunque, eso sí, pedía «una solución rápida». La foto que acompañaba esas declaraciones era de la agencia de prensa Gamma: un primer plano de Kohl riéndose, quizás fuese por haber sido elegido canciller por cuarta vez.

Unos años antes, con fecha del 12 de agosto de 1982, podía leerse en las páginas de papel de lo que se llamaban periódicos, lo siguiente: «Reagan, irritado por la actitud intransigente de Israel», información que llegaba directamente desde la Casa Blanca a través de agencia y escrita de esta forma: «Estados Unidos ha responsabilizado a Israel de propiciar con “masivos” bombardeos y fuego de artillería sobre Beirut oeste la suspensión de las negociaciones para resolver pacíficamente la crisis del Líbano». En su acostumbrada sesión informativa del mediodía, el portavoz presidencial, Larry Speaks afirmó que el presidente Ronald Reagan «reaccionó con estupor cuando se enteró (sic) de los nuevos bombardeos israelíes sobre Beirut oeste». Reagan, que daba vueltas en torno a la mesa presidencial, convertida hoy en salón de baile por el presidente Donald, señaló el teléfono rojo a sus ayudantes para que le pusieran al habla con Menájem Beguín​, el entonces primer ministro de Israel, para decirle, en tono imperativo, que las acciones de las fuerzas israelíes «habían obligado a suspender las negociaciones por vía diplomática».

La ONU, sí, digo la ONU, se ponía a continuación firme y los que se conocían como países «No alineados» se agrupaban para redactar el principal párrafo dispositivo (el cuarto) de una declaración en la que exigían que Israel «cooperase en los esfuerzos por obtener el despliegue de los observadores de Naciones Unidas».

¿Qué está pasando con eso que se llama geoestrategia u orden mundial?, pues que parece que, de seguir así, vamos a pasar de las prolíficas dictaduras del mundo a una única dictadura global que va a cubrir el planeta Tierra bajo el mando de un único homínido supuestamente evolucionado.

Sin ánimo de ser pesado haciendo leer mucho, porque lo importante es ver la tele, me gustaría incidir en lo importante: de dónde venimos y hacia dónde vamos. Les cuento. Estados Unidos (USA para los nostálgicos) propuso en la década de los 80 crear una «fuerza especial» en el Sinaí que constaría de 2.000 efectivos, de los cuales solamente 800 serían norteamericanos. Los amiguetes como Australia y Canadá dijeron al jefe Reagan que no, tras un peregrinaje político de un tal Haig, que era secretario de estado norteamericano, pero otros muchos se mostraron encantados y manifestaron que, una vez estudiada la propuesta, iba a ser «muy probable» el sí para acompañar a los militares yankis en su despliegue en esta estratégica zona, el lugar donde Dios dio a Moisés los Diez Mandamientos. Los entusiastas socios de EEUU fueron Argentina, Bélgica Ecuador, Holanda, México, Italia, Uruguay y…¡Nepal!

¿Qué ha pasado de ayer a hoy? Ustedes se preguntarán eso de ¿y Rusia qué?, léase, la URSS de aquellos años 80. Pues los sufridos ministros de Exteriores de ambas superpotencias, que echaban humo a la mínima, eran, por el bloque soviético Andréi Gromiko, y por el americano, el ya citado Haig. Ambos hablaban del programa de los «Euromisiles», esa cosa que te da la razón cuando el discrepante desaparece bajo polvo radiactivo. Bueno, pues, a pesar de todo eso, se llegó a un arreglo verbal que continuó hasta la caída del Muro de Berlín, en 1989. «Gorbi» y Ronald incluso se visitaron y dieron paseos juntos para no tener que tirarse unos polonios a la cabeza.

Por cierto, volviendo al Muro de Berlín, decir que en 1962 una Comisión Internacional de Juristas reunidos en Ginebra calificaron de «atentado contra los derechos humanos» la construcción de «la Muralla» de Berlín, y lo firmaba en marzo de ese año Sir Leslie Munro (sí, Mun-ro). El último párrafo de su manifiesto, además de ser poético era práctico: «Una colectividad intimidada y temerosa ha sido separada herméticamente del trato con el mundo exterior y privada de su última oportunidad de ser libre. La violación de los derechos humanos así cometida se señala aquí a la atención de la comunidad jurídica mundial». Sí, lo han leído bien: comunidad ju-rí-di-ca-mun-dial.

Por aquel entonces también había buenos periodistas, y se escribían cosas como esta de Alfonso de la Serna en ABC: «Pensemos no más en los conflictos del Próximo Oriente. Aún nacidos todos en las mismas o vecinas tierras, ¿tienen mucho que ver un “sabra” israelí de ascendencia europea con un palestino de “Tierra Santa” o un beduino jordano; un libanés maronita con un saudí de tradición wahabita; un iraní musulmán, pero heredero del milenario imperio de los faraones? (…) algunos de estos países permanecieron durante siglos bajo el poder del imperio turco (…) Occidente pretendió entonces rellenar el vacío y “reorganizar aquel entramado geopolítico».

A estas alturas de la época narrada, habría que preguntarse eso de ¿y España, qué? Pues decir que El Magreb se convertía entonces (para algunos) en un «volcán», ya que islamistas argelinos atentaban contra los intereses aliados y en Marruecos se pedía en manifestaciones con pancarta que los españoles saliesen de «sus» tierras. 

Durante mi estancia en Ecuador, a finales de los años 90, el principal conflicto de aquel paraíso dueño de las Islas Galápagos era con Perú, por el tema de que la frontera norte mutua no estaba bien definida, pero con el bla, bla, bla, la línea acabó haciéndose pactada y común.

Hoy, día del bombardeo contra Venezuela, un tal Dólar Trump, presidente republicaNo que lo ha ordenado, ha hecho que en el nuevo Sinaí, Dios sea él, y Moisés haya tenido que subir en sandalias y sin móvil a unos nuevos diez mandamientos. Pero la segunda edición de las Tablas de la Ley solo cambia en el primer punto, que pasa a ser: El golf nos une, rezad juntos por mí.

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