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El asesino, el confesionario y la fe

El asesino, el confesionario y la fe

Por Fidel Raso

Tengo en mis manos una novela que se titula El confesionario, publicado en España en 1821. Está escrito por Ana Radcliffe (que, después de leerla, he sabido fue una pionera del feminismo y de la literatura gótica). Entre las páginas 4 y 8, cuenta el relato que durante una excursión a Nápoles, en la Italia de 1764, un pequeño grupo de viajeros entró en la iglesia de Santa María del Pianto, donde vieron a un personaje que se paseaba con los brazos cruzados y absorto en sus pensamientos. Al comprobar el hombre que le estaban mirando, desapareció. Uno de los excursionistas preguntó al fraile que les acompañaba si sabía quién era. El religioso, balbuceando, no quiso responder y, al ser repetida la cuestión, bajó la cabeza y dijo: «Es un asesino». Un británico de la excursión gritó más alto: «¡Un asesino, y está en libertad!» Para ponerle en contexto, el monje continuó con un relato complementario: «Ha encontrado aquí un asilo donde no le pueden prender. ». «¿Conque vuestros altares protegen a los asesinos?, replicó el inglés. «No estará seguro en ninguna otra parte», respondió el fraile con dulzura.
—Es cosa muy extraña —repuso el inglés— ¿Y qué poder les queda a vuestras leyes, si los mayores criminales tienen medios de librarse de ellas? (…) ¿Pero cómo ha de vivir en este sitio? Está expuesto lo menos a morir de hambre.
—No —dijo el fraile—. Siempre hay personas dispuestas a socorrer a los que no pueden hacerlo por sí mismos, y como el criminal no puede salir de este recinto, para remediar sus necesidades, se le trae el alimento.
—¿Es posible?, replicó el inglés dirigiéndose a su amigo el italiano.
—¿Pues queríais acaso que dejasen morir de hambre a este desgraciado? ¿Que no habéis visto desde que estáis en Italia otra cosa semejante? Pues no es raro.
—¡Nunca! —respondió el extranjero—, y apenas creo lo que estoy viendo.
—Amigo mío —añadió el italiano—¬, es tan común entre nosotros el crimen de asesinato que si no hubiera estos asilos para los desgraciados que lo cometen, quedarían muy pronto nuestras ciudades casi despobladas.
El inglés bajó la cabeza.
—Mira hacia aquel confesionario de la izquierda, junto a la vidriera de colores.
El inglés miró en la dirección indicada y vio un confesionario de encina bruñida ya por el tiempo, y advirtió que allí mismo era donde acababa de estar el asesino, el lugar donde confesaba los crímenes que manchaban su conciencia.
—Es el confesionario en donde ha entrado el asesino —dijo el inglés—, y me parece uno de los sitios más tristes que he visto nunca. Su aspecto solamente basta para sumergir a un criminal en la desesperación.
—¡Ah —respondió el italiano sonriendo—, nosotros no caemos tan fácilmente en la desesperación!
—¿Y qué queréis decirme enseñándome el confesionario donde ha entrado el asesino? (…) Yo creía que los sacerdotes guardaban la confesión con un secreto inviolable.
—Vuestro reparo es justo —señaló el italiano—. El secreto de la confesión no se ha violado nunca, sino por orden de una autoridad superior.

Mientras el inglés miraba las altas bóvedas y lo interior del vasto edificio, el asesino salió del confesionario y atravesó el coro. Experimentando un movimiento de horror, el visitante apartó la vista, y salió apresuradamente de aquel despacho JOVIAL. Perdón…, de la iglesia.

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