Guerra en Irak, toma dos: guerra en Irán

Por Fidel Raso/ Fotografías: Fidel Raso, primera Guerra del Golfo, 1991
Unos días antes de que se terminase el ultimátum de la ONU en enero de 1991para que Irak abandonase Kuwait, después de haberlo invadido el 2 de agosto de 1990, en España se empezaba a acaparar alimentos en los supermercados, hasta el extremo de que Mercadona tuvo un crecimiento repentino del 33% y en el Corte Inglés sus responsables comparaban las ventas con las de los días de Navidad, según declaraciones autorizadas de los grandes comercios.
La Guerra nos afectaba a todos, aunque los más preocupados estaban en la línea política y en todo Oriente Medio. Con el asesinato añadido de tres dirigentes de la OLP en Túnez, había duros enfrentamientos en Gaza y Cisjordania. Los palestinos apoyaban a Sadam Hussein y el escenario mundial era sacudido por las miles de posturas enfrentadas que no permitían terminar con la tensión global en todos sus niveles.
Lo normal era entonces oír hablar de armas, saliendo a relucir eso de a ver quién la tiene más larga: que si los misiles iraquíes Scud-B alcanzaban 300 kilómetros y los Abbas, 900, o que los carros de combate Challenger, M1, A1 y M-60 estaban fabricados por Estados Unidos y el Reino Unido y eran de cuatro tripulantes, mientras los de Iraq, T-62, T-52 y T- 72, estaban construidos por la URSS, necesitaban tres personas solamente y no eran tan buenos. De todo ello sabía algo Putin, miembro de los servicios secretos del KGB, por los que deambulaba como por su dacha.
Pero la guerra, esa palabra temida por todos, empezaba el 16 de enero de aquel año 1991 a las 00:39 hora española, momento en el que EEUU comenzaba a bombardear Bagdad. El entonces presidente de gobierno español, Felipe González, fue avisado por su homólogo norteamericano, George Bush, con poco más de 20 minutos de antelación.
En España, los teléfonos políticos ardían. El rey Juan Carlos estaba atento a las llamadas de Felipe, el ministro de Defensa, Narcís Serra, tenía previsto ir a París, pero se quedaba en Madrid, el Jefe del Estado Mayor del Ejército, teniente general Gonzalo Rodríguez, se reunía con su Estado Mayor para, entre otras cosas, buscar una respuesta a eso de: ¿Y ahora, con la OTAN, qué?
También preocupaba el papel de los periodistas, hasta el punto de que Felipe González transmitió al ministro responsable, Javier Solana, que los enviados especiales no podían quedarse en la zona de conflicto. A salir por piernas.
La información se transformó a partir de ese momento en comunicación de declaraciones y textos de gabinetes de prensa interesados. Resultado: los medios de comunicación del mundo pasaron a señalar lo señalado por otros, el Papa Juan Pablo II se puso a pedir «Un generoso gesto de Paz», mientras, en otra línea, como la del Gobierno británico, el secretario del Foreign Office, Douglas Hurd, decía ante la comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de los Comunes que podrían utilizar sus armas nucleares porque Sadam Husein «también las tenía», y por ello esperaba que el gobierno iraquí «no perdiera la cabeza».
En ese inicio incalificable y caótico, un periodista corresponsal en Jerusalén lo clavó en su crónica de urgencia de la siguiente manera: «La guerra sorprendió a los israelíes durmiendo». No creo que a todos, pero por ahí, por ahí…, y se lio en el Santo lugar la de los dioses respectivos.
La Organización para la Liberación de Palestina implicaba en todo, del todo, al Mossad, el servicio de inteligencia israelí, y, lo que son las cosas del ayer a hoy, el jefe de la oposición en el parlamento dijo que Israel «no busca la guerra, ni tener un papel dominante en la zona, pero si nos atacan responderemos». Apunten en su memoria la fecha: enero 1991.
Con la invasión de USA a Irak los gabinetes de prensa militares de turno empezaron a dar titulares del tipo: «El ataque total ha sido un éxito, y solamente han sido atacados fábricas y almacenes de armas químicas y bases de misiles».
Por el lado de los dirigentes de partidos políticos o gobiernos, la cosa declarativa se movía al mismo compás de la orquesta, pero pensando cada cual en su instrumento particular. Veamos:
«El mundo no podía esperar más», George Bush.
«Pronta solución pacífica», gobierno alemán.
«Retirada de las fuerzas italianas», comunistas de Italia.
«La culpa la tiene la dirección iraquí por provocar un trágico acontecimiento», Mijail Gorbachov, presidente de la Unión Soviética.
En España había acuerdo en unirse a la fuerza de ataque internacional, pero solo con apoyo logístico, en una línea suave como la declarada oficialmente dentro de la OTAN, que lamentaba «el fracaso de la solución pacífica».
El mundo económico vivía por su parte muy atento a la cosa, y el escenario se tornaba en un clásico de los poderes económicos, es decir, en España se vivía una «histeria» en la bolsa de Madrid y en general, una caída notable de producción de crudo, por eso del a ver qué va a pasar ahora.
La preocupación también se vivía en el apartado de la defensa nacional, y se ocupaban de ello la fuerza de seguridad del estado y la militar. Políticos y militares pasaban a un primerísimo primer plano mediático.
¿Y en Kuwait qué? Pues el paraíso de los petrodólares se convirtió en un infierno. Expertos conocedores del país hablaban de «atrocidades» cometidas por el ejército iraquí y también de ejecuciones, torturas, saqueos y violaciones. Los coches de lujo desaparecían de circulación.
España lo pasó mal dentro de su colaboración con los aliados.
Felipe González empezó diciendo que aquel era un «problema regional», para pasar a decidir «no quedarse al margen de las iniciativas de sus aliados», lo que le llevó a enviar a la zona tres barcos y medio millar de militares, de los que dos centenares eran soldados de remplazo, vamos, de la mili. Para entender mejor el papel y la situación nacional, basten las palabras del entonces ministro de Exteriores, Francisco Fernández Ordóñez: «El pánico en España no está justificado».
Seguimos en las mismas.








